Música Cristiana

Hace algunos años, siendo muy joven aún, en mi primer día como estudiante de la carrera de magisterio tuve la sorpresa que uno de mis compañeros sería un muchacho llamado Oseas Cordero, a quien veía regularmente cada año en los eventos de la denominación en la que crecí. No éramos grandes amigos hasta entonces pero sí nos conocíamos. Por ser una de las pocas caras conocidas en el salón y ser los únicos que profesábamos abiertamente ser cristianos, con rapidez nos volvimos muy amigos desde ese día.  Recuerdo que en el primer recreo a eso de las 10:00 A.M nos dirigimos a la tienda de la escuela y cada uno compramos una Coca Cola.  El siguiente día a la misma hora volvimos a tomar nuestro refresco y de la misma manera el resto de la semana.  El tiempo fue transcurriendo y nuestra amistad se fue fortaleciendo, hasta que Oseas se convirtió en el mejor amigo de mi juventud.  Fuimos compañeros de clases tres años y durante todo ese tiempo siempre a la misma hora, nos reuníamos para hablar de distintos temas junto a nuestra inseparable amiga,  la Coca Cola.   Años más tarde me di cuenta que tomar esa bebida gaseosa a la hora indicada, se había convertido en un hábito, que aún en los años de adulto me costó trabajo dejar o más bien reemplazar por un hábito saludable.

Seguramente tú al igual que yo, inconscientemente desarrollaste algunos hábitos buenos o malos. Quizá ahora mismo estás consciente de algún hábito que te está causando problemas ya sea de salud, laboral, familiar…  Probablemente sea la comida chatarra, ver demasiada televisión, pasar mucho tiempo en las redes sociales, comerte las uñas, fumar, beber, drogarte o ver pornografía.  Si haces un ligero viaje a tu pasado y llegas hasta la estación donde fue el punto de partida de ese hábito, te darás cuenta que hubo un acto que alguna vez hiciste, el cual repetiste conscientemente un par de veces y que con el correr de los días lo volviste a hacer hasta que se convirtió en un acto hecho de manera inconsciente. Probablemente al principio te costó trabajo, pero con el correr de los días lograste hacerlo de forma automática.

La Real Academia Española define hábito como: “Modo especial de proceder o conducirse adquirido por repetición de actos iguales o semejantes, u originado por tendencias instintivas”. Es decir, un hábito es un acto que se repite, una y otra vez hasta que llega a ser parte de nuestra cotidianidad.  El autor Maxwell Maltz dice que se requieren 21 días para formar un nuevo hábito.  Aunque un estudio reciente afirma que se requieren 66 días para que un nuevo hábito se afirme y permanezca por muchos años. Tomando como referencia las dos propuestas anteriores, se podría decir que para establecer un nuevo hábito se requiere un mínimo de 21 días y un máximo de 66.  El autor Charles Reade dijo: "Siembra un acto y cosecharás un hábito.  Siembra un hábito y cosecharás un carácter.  Siembra un carácter y cosecharás un destino”.  Así que la suma de todos nuestros hábitos da como resultado nuestro carácter.

La Biblia registra la vida de muchos hombres y mujeres cuyos hábitos buenos y malos, los llevaron por rumbos diferentes a los que estaban destinados.  Jabes logró cambiar su historia funesta por sus hábitos.  Rahab, la prostituta de Jericó, cambió su destino al sustituir sus hábitos malos por buenos.  Sansón despreció una unción muy especial por sus malos hábitos.

En el libro de I Samuel capítulo 16, Dios manda al profeta Samuel a ungir a quien sería el nuevo Rey de Israel.  En los capítulos anteriores Dios había desechado a Saúl, pues la desobediencia de este se había convertido en un mal hábito, por lo que  decidió quitarle el privilegio de dirigir a su pueblo.  Así que Dios le dio a Samuel instrucciones precisas para ir a ungir a quien sería el sustituto de Saúl.

Partió pues el profeta hasta Belén, específicamente a la casa de Isaí, uno de los ancianos de la ciudad.  “… aconteció que cuando ellos vinieron, él vio a Eliab, y dijo: De cierto delante de Jehová está su ungido.  Y Jehová respondió a Samuel:  no mires a su parecer, ni a lo grande de su estatura, porque yo lo desecho; porque Jehová no mira lo que mira el hombre; pues el hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero Jehová mira el corazón”.  (I Samuel 16:6-7)

Seguidamente de Eliab pasaron dos hijos más:  Abinadad y Sama.  Pero tampoco estos dos salieron favorecidos a pesar de su buena imagen.   Al darse cuenta que ninguno de sus tres hijos mayores de edad había escogido Dios para reinar, Isaí hizo pasar a cuatro hijos más, con la esperanza que alguno fuera el elegido; pero nuevamente Dios dice: “no”.  

Al ver que ninguno de los siete que habían desfilado persiguiendo la corona fue elegido, Samuel ya frustrado, cansado y con hambre pero seguro de haber escuchado bien a Dios le dice a Isaí:

“¿Son estos todos tus hijos?  Y él respondió:  Queda aún el menor, que apacienta las ovejas.  Y dijo Samuel a Isaí: Envía por él, porque no nos sentaremos a la mesa hasta que él venga aquí”.  (I Samuel 16:11) El verso que sigue es el desenlace de esta historia:

Envió, pues, por él, y le hizo entrar; y era rubio, hermoso de ojos, y de buen parecer.  Entonces Jehová dijo: Levántate y úngelo, porque éste es”.   (I Samuel 16:12)

Este es mi punto:

Tener buena imagen es bueno, tener buen carácter es mejor. 

A diferencia de sus hermanos David poseía algo más que solo una buena imagen.  Nótese que el verso 12 dice que David era rubio, hermoso de ojos y de buen parecer.  Pero el texto también sugiere que sus hermanos, en particular Eliab el mayor, eran hermosos al punto que Samuel se deja ir por la apariencia, tanto que Dios tiene que corregir su punto de vista.  Es decir, el hombre ve la imagen, Dios ve el carácter.  David, al igual que sus hermanos, era un hombre guapo, poseía una buena imagen; pero había algo más en él, tenía buen carácter, el cual es la suma de todos nuestros hábitos.  El carácter es el resultado de la ecuación de nuestras virtudes y nuestros vicios.

David al igual que sus hermanos nació, creció y se formó en la misma familia.  Tenía los mismos vecinos; sin duda fueron a la misma escuela.  Quizá sus amigos eran los mismos que los de sus hermanos o los hermanos de ellos.  David y sus hermanos se expusieron al mismo círculo de influencia, pero sin duda, él desarrolló otro tipo de hábitos que lo formaron para ser el hombre que Dios buscaba para delegar una gran autoridad.

Sin duda alguna, David es el más grande adorador que la Biblia registra.  Estudiando la historia de su vida, su juventud, su promoción, su ascenso al reino, su forma de gobernar y sobre todo el registro de su relación con Dios en el libro de los Salmos, podemos descubrir los hábitos que formaron su carácter e hicieron de él un verdadero adorador.

21 hábitos de un verdadero adorador te ayudará a fijar nuevos hábitos en tu vida.  Quizá no tengas el hábito de leer, sin embargo te animo a que te dispongas a leer este libro durante los próximos 21 días.  Cada capítulo resalta una verdad de Dios y te da sugerencias prácticas para aplicar el principio bíblico.  Está diseñado para leer un capítulo al día que equivale a un hábito. Podrás leerlo en unos 15 minutos, mucho menos tiempo de lo que quizá dedicamos para otro tipo de hábitos que no nos traen ningún beneficio.  ¿Te animas?  ¡Genial!

Ahora que sabes que tener buena imagen es bueno, tener buen carácter es mejor, te animo a hacer tres listas de los hábitos que han formado tu carácter:

  1. Hábitos que me gustan.
  2. Hábitos que no me gustan.
  3. Hábitos que me gustaría desarrollar.

Dios sigue buscando verdaderos adoradores: hombres y mujeres con buen carácter, para confiarles grandes empresas, grandes instituciones, grandes ministerios, grande autoridad.  Tú podrías ser uno de ellos si desarrollas los hábitos que harán de ti un verdadero adorador.

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